martes, 6 de mayo de 2025

Positividad tóxica y ego: la falsa felicidad como norma

Vivimos en una era de exposición constante, donde parecer felices vale más que serlo. Este texto no pretende agradar, sino invitar a cuestionar lo que hoy se da por hecho. 



Lo falso se celebra, lo genuino se esconde


Vivimos en una época en la que lo falso se celebra y lo genuino se desprecia. Las redes sociales no han hecho más que intensificar esta tendencia. Los reels de Instagram y los videos de TikTok nos muestran a personas aparentemente felices en todo momento, siempre sonrientes, siempre exitosas. Pero ¿qué tan real es esa felicidad perpetua? ¿Qué pretenden demostrar? ¿Y, más importante aún, a qué costo?

Por definición, nadie puede ser feliz las 24 horas del día, los 365 (o 366) días del año. Sin embargo, los mal llamados “influencers” se empeñan en mostrar una vida perfecta, sin dejar entrever jamás el lado oscuro de la realidad.


Felicidad comprada (o eso parece)

Vivimos rodeados de filtros, pestañas postizas, uñas acrílicas, ropa de marca —o imitaciones de esta—, comidas en restaurantes de lujo, viajes, actividades costosas… Todo para aparentar un estatus social que muchas veces no existe. Y, paradójicamente, quienes realmente tienen éxito y recursos económicos suelen ser mucho más discretos.

Este tipo de exposición constante da lugar a un mensaje implícito: que la felicidad se compra. Que basta con tener dinero, apariencia y reconocimiento para estar bien. Pero, cuando se apagan las cámaras y los filtros desaparecen, ¿son realmente felices estas personas? ¿O simplemente alimentan su ego, buscando aprobación constante?


La frustración detrás del filtro

Detrás de esos videos hay jóvenes y adultos que consumen ese contenido y creen que ese es el ideal a seguir. Pero muchos no pueden acceder a ese estilo de vida. Como consecuencia, surgen sentimientos de frustración, ansiedad, e incluso depresión. ¿Alguna vez han pensado estos “modelos de éxito” en el efecto que provocan en quienes no logran alcanzar esos estándares?


El culto al “yo y solo yo”

Estamos inmersos en una era de culto al "yo", y más aún, al "yo y solo yo", donde el reconocimiento personal importa más que cualquier otra cosa, sin importar el impacto en los demás. El éxito se mide en seguidores, likes y dinero, y la validación externa se vuelve adictiva.

Pero, ¿qué pasó con la felicidad sencilla? La de pasar un día en casa leyendo, cocinando una buena comida, viendo una película en familia, dando un paseo por el parque o simplemente disfrutando del silencio. ¿Hemos olvidado que el éxito también puede ser simple, auténtico y sin espectáculo?


Si no lo publicas, no exististe

Y en este culto al ego no pueden faltar las selfies: imágenes tomadas por y para uno mismo, donde cada instante —desde lo banal hasta lo íntimo— se convierte en contenido. Ya no se fotografía un paisaje, un momento especial o a otros; hoy todo gira en torno al propio rostro en primer plano. Es la confirmación visual de que uno estuvo allí, de que uno es, de que uno importa. Antes, se tomaban fotos para el recuerdo, se imprimían y se guardaban en casa, en álbumes que nos devolvían a momentos felices cuando las mirábamos. Hoy, en cambio, las imágenes se toman no para atesorar, sino para mostrar. Si no lo publicas, no exististe. La cámara ya no observa el mundo: observa al sujeto una y otra vez, repitiendo el mensaje de que la vida solo es válida si está documentada… y validada por los demás.


¿Todos necesitamos un "coach"?

Además, vivimos una época en la que parece obligatorio tener un “coach” de vida. Y no solo eso: muchos de estos autoproclamados guías emocionales utilizan términos en inglés para parecer más relevantes o sofisticados. ¿Pero quién certifica su capacidad para orientar a otros? ¿No será que, en algunos casos, están en peores condiciones emocionales que quienes los escuchan?


El derecho a sentir todo

Lo más preocupante es esta especie de prohibición emocional que se ha instalado. Parece que ya no se nos permite estar tristes, enojados, frustrados o tener un mal día. ¿Por qué no podemos vivir el duelo a nuestra manera? ¿Por qué no se respeta el tiempo que cada persona necesita para atravesar sus emociones?

La tristeza, la rabia, la angustia… son también emociones legítimas, humanas, necesarias para el crecimiento. Sentirlas no nos hace más débiles; nos hace reales.


Conclusión

Sé que todo esto no le va a gustar a muchos. A quienes viven pendientes de mostrar una vida perfecta, a los que necesitan la aprobación constante, a los que han convertido las redes en un escaparate de sí mismos.

Solo es una reflexión y no pretendo convencer a nadie, pero tal vez ha llegado el momento de dejar de buscar respuestas afuera y empezar a escucharnos. De dejar de pretender y empezar a sentir. De convertirnos en nuestros propios guías —o instructores, si preferimos usar una palabra más clara—, porque al final, nadie puede enseñarnos más que nosotros mismos.


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