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viernes, 27 de febrero de 2026

Crónica: El que no aprende a amar el país al que emigró, nunca le irá bien en él

Algunos deciden vivir en otro país para ahorrar, mandar dinero a sus familias, construir una casa en su tierra, pagar estudios, o simplemente buscar una estabilidad económica que en su país de origen parecía inalcanzable. Y todo eso es válido. Emigrar muchas veces nace de la necesidad, de la responsabilidad, del deseo profundo de ofrecer algo mejor a los que amamos.

Pero vivir en otro país no puede reducirse solo a trabajar, ahorrar y resistir. Porque cuando la vida se convierte únicamente en una meta financiera, el corazón se queda suspendido en el pasado. Se vive contando los días, comparando precios, diciendo “allá era mejor”, soñando con el regreso… y sin darse cuenta, pasan los años.

Emigrar no es solo cambiar de dirección en el mapa. Es cambiar la forma en que miramos el mundo. Es permitirnos pertenecer.

Porque si uno se la pasa comparando, el corazón nunca aterriza. Sigue allá, en las esquinas donde crecimos, en los amigos de siempre, en la comida de mamá. Y mientras tanto, el cuerpo está acá… sobreviviendo, pero no viviendo.

Aprender a amar este nuevo país no significa olvidar el tuyo. 
Significa agradecer el presente.

Agradecer las oportunidades. 
La gente buena que aparece en el camino. 
El idioma que poco a poco vas entendiendo y hablando. 
El frío que te enseña disciplina. 
El calor que te recuerda que sigues vivo.

A veces el amor por esta tierra llega con los años. 
Con el primer “thank you” o "gracias" que entiendes sin pensar. 
Con el vecino que te ayuda sin conocerte. 
Con ese primer logro que te hace sentir: sí, valió la pena venirme.

El que no aprende a amar el país al que emigró se queda atrapado en la nostalgia. 
Pero el que lo ama, aunque sea poquito al principio, encuentra paz. 
Y desde allí, las cosas empiezan a salir mejor.

No se trata de olvidar de dónde vienes. Se trata de agradecer dónde estás.




En mi caso no fue así.

Primero emigré a España, donde me quedé durante 16 años. Y no fue una decisión económica. No me fui buscando ganar más dinero. Me fui porque algo dentro de mí me decía que tenía que hacerlo.

Recuerdo que una profesora de francés y literatura me dijo:
—¿A quién se le ocurre irse a vivir a un país “menos desarrollado” que donde estás?

Como ella, muchos no lo entendieron. Pero yo seguí mi corazón. Y no me arrepentí.

¿Hubo momentos difíciles? Claro que sí. 
¿Hubo dudas? También. 
Pero hubo momentos hermosos. 
Y otros tan complicados que hoy son anécdotas de las que me río hasta llorar.
Como aquella vez que en un restaurante pedí una “cucaracha” en lugar de una “cuchara”. Inolvidable. Para mí… y creo que para el mesero que me miró completamente asustado.

En España estaba la parte del idioma, algunos matices culturales distintos, pero tenía mi país relativamente cerca. Tal vez por eso me adapté con más facilidad.

Y 16 años después, la historia volvió a repetirse cuando decidí mudarme a Colombia.

Imagínense los comentarios:

—¿Colombia? ¡Pero si ese país es un peligro! 
—¿Estás loca? ¿Dejar Europa para irte allá? 
—¿Y la inseguridad? 
—¿Y el narcotráfico? 
—¿Y el sistema de salud? 
—¿Qué necesidad tienes? 
—Eso es retroceder, no avanzar. 
—Seguro no aguantas ni un año. 
—Con lo bien que estabas en España…

Y otros tantos que todos se pueden imaginar.

Comentarios que no siempre nacen de la maldad, sino del desconocimiento. De la imagen repetida durante años en películas y series.

Luego llegó algo que nadie esperaba: el confinamiento durante el COVID-19. Yo lo pasé en Colombia. Y también allí muchos me preguntaron por qué no volvía a Francia, o por lo menos a Europa.

Para mí, eso sí habría sido una rendición. Así que me quedé.

No siempre fue fácil. La soledad hace mella a veces. El encierro también. Hubo días largos, silencios pesados, incertidumbre. Pero afortunadamente en esa época tenía amigos en el barrio y nos reuníamos —cuando era posible— y pasábamos tardes enteras jugando cartas, Monopoly y otros juegos de mesa. Esos momentos sencillos sostuvieron mucho más de lo que imaginábamos.

No me arrepiento de haberme quedado en Colombia entonces. Sin duda fue uno de los países que mejor manejó la situación dentro de lo que estaba en sus manos.

Hubo otros momentos después, mucho más complicados. Crisis personales que me dieron ganas, en más de una ocasión, de abandonar todo. 
Pero siempre existió algo que me mantuvo. 
Un comentario oportuno en el momento oportuno.
Un sueño que no se apagaba. 
Una pequeña señal.

Hubo momentos extremadamente difíciles. Tan difíciles que no consigo borrarlos de mi memoria aunque a veces me gustaría. Caí muy hondo.

Pero salí.

Y ¿saben qué? Aprendí. Y sigo aprendiendo.

Porque ahora puedo decir que, aunque algunas preocupaciones no desaparezcan del todo y otras aparecen, aprendí a valorar cada instante de calidad que tengo. Cada risa. Cada conversación sincera. Cada logro pequeño. Cada gesto de amistad, cada gesto de amor.

Y cuando digo eso, hay personas específicas en diferentes partes del mundo que no nombraré acá, pero que me vienen a la mente. Personas que estuvieron y están presentes en mi vida y en mi corazón, aun cuando haya kilómetros que nos separen. A esas personas, les tengo que dar las gracias, porque tienen mucho que ver con lo que soy hoy.

Quiero que eso sea lo que permanezca en mi memoria. 
Que esos momentos luminosos sean los que derroten a los recuerdos que me gustaría poder eliminar.

Porque al final, emigrar no es solo cambiar de país. Es aprender a amarlo, incluso cuando duele.



Nota final

Si están pensando en emigrar, recuerden que publiqué un libro con varios tips —una lista no exhaustiva— para evitar (o al menos suavizar) el choque cultural y prepararse mejor para esa transición. Se titula Navigating Culture Shock, y nace precisamente de todo lo que he vivido, aprendido y superado en estos años: toda la información aquí.


lunes, 8 de diciembre de 2025

Velas que alumbran lo que fui y lo que viene

Y pasó otro 7 de diciembre, Día de Velitas, una de las celebraciones que más disfruto. En realidad, para mí es una de las más importantes del año. La luz de las velas siempre ha sido un símbolo poderoso: ilumina, acompaña, guía. Por eso decidí escribir este post hoy, día 8, y no esperar a finales de año como hace la mayoría. Aunque agradezco profundamente a los amigos que estuvieron presentes, también me faltaron personas muy importantes. Personas a las que me hubiera gustado tener ayer, aunque fuera solo por diez minutos, para encender un par de velas a mi lado. 


Quiero reconocer desde ya lo que este año me dejó. Lo que deseo para el año que viene, prefiero guardármelo. Hace tiempo dejé de hacer planes porque la vida me enseñó que entre más planes hago, más cosas inesperadas ocurren.

Este 2025 ha sido una verdadera montaña rusa. Perdí a uno de mis mejores amigos, una ausencia que todavía me cruza el pecho. También viví desapariciones y se cerraron ciclos que ya eran necesarios. Y esos cierres, lejos de doler, me brindaron tanta paz y tranquilidad que solo puedo agradecer que finalmente ocurrieran. No fueron dolorosos ahora, porque el dolor ya lo había vivido durante años antes de dejarlos ir. Cuando finalmente se cerraron, lo que sentí fue alivio. Paz. Espacio para ser yo misma, sin temor.

Pienso en los rostros que dejé ir para mi propio bien, en los que encontré en el camino, en los lugares a los que llegué casi sin planearlo, en los que se quedaron y en los que recién aparecieron. Este año me transformó de muchas maneras, algunas duras, otras profundamente hermosas.

Este año también abrió caminos inesperados. Inicié una formación que me gusta muchísimo, una decisión que me devolvió entusiasmo, enfoque y motivación. Gracias a ese proceso que apenas comienza, conocí personas nuevas que se convirtieron en parte esencial de mis días y que hicieron posible la apertura de nuevos ciclos.


Un año más, el apoyo de ASW ha sido increíble. Además de ser una plataforma donde he crecido profesionalmente y conocido gente valiosa, este año me otorgó un reconocimiento por mi labor 2024, premio que incluyó un viaje a Estados Unidos. También me brindó la posibilidad —tan emocionante como estresante— de dar un discurso en inglés ante cientos de personas, algo que nunca imaginé hacer y que terminó siendo uno de mis mayores logros del año. Gracias a ASW también conocí nuevas personas que hoy forman parte de mi historia.


Este también fue el año de materializar sueños que ya estaban escritos —literalmente.
Publiqué dos libros que llevaba tiempo guardando (y aún hay más esperando su momento).
El primero, un libro de cuentos lanzado en enero, fue seleccionado para estar disponible en varias librerías de Colombia —incluida la Librería Nacional— además de Amazon y Buscalibre. Ver esas historias llegar a otras manos fue una de las mayores alegrías del año.
El segundo, con un enfoque más académico, salió en octubre después de mucha revisión y la decisión de finalmente compartirlo con el mundo.

Descubrí nuevos lugares, tanto en la ciudad como fuera de ella. Volví a Santa Marta y me reconcilié con esa ciudad después de 8 años. Tuve, nuevamente, la fortuna de hablar con Mario Mendoza, quien incluso respondió la carta que le entregué en la FILBo. Ese gesto fue otra luz dentro del año.



También reafirmé algo importante: nunca hay que esperar una fecha o un día especial para empezar algo. Yo misma empecé a hacer deporte un 26 de octubre, un domingo y además fin de mes. Nada “ideal”, nada simbólico… pero ahí comenzó un cambio real.

Prendí algunas velas por quienes estuvieron, por quienes faltan, por los caminos que se abren y por la luz que quiero seguir encendiendo en mí y en los demás. Y aún me quedan velas por prender, porque creo que para eso tampoco debemos elegir una fecha especial. Se pueden encender en cualquier momento, sola o acompañada, cuando lo sienta, cuando crea que es necesario.

Incluso en los años más complejos siempre queda algo por agradecer… y siempre queda algo por esperar.



¡Feliz inicio de la Navidad!

martes, 11 de noviembre de 2025

Su mayor deseo

Les comparto un relato corto, el cual espero les guste.

Tomé la foto en el Cementerio Central de Bogotá, Colombia, en octubre del 2022.





martes, 4 de noviembre de 2025

Docencia (y otras profesiones): el contrato pone horas; la vocación pone alma

Recientemente vi en redes sociales un mensaje que me llamó la atención y decía así: 

Docentes: su tiempo libre no pertenece a la institución. No respondan mensajes fuera del horario laboral ni trabajen sin remuneración los fines de semana. Su vida personal y su familia también merecen respeto.


Cuando uno elige una profesión, antes de dedicarse a ella, tiene que entender muy bien lo que conlleva. Tomo mi propio ejemplo: de pequeña, como muchos saben, mi deseo era trabajar en el ejército o en la policía. Sabía muy bien, desde que tenía 10 años, lo que eso implicaría: ir a donde me enviaran, trabajar fines de semana, días festivos o de noche, y posiblemente tener que dejar a la familia a un lado en muchos momentos. 

Quien estudia para ser médico, cirujano, enfermero o veterinario también entiende que muy seguramente le pasará lo mismo: hay urgencias, emergencias, horarios extendidos y la posibilidad de que te llamen en cualquier momento para atender lo que esté pasando.

La docencia, sin llegar a ese extremo, tiene algo en común: según la institución, pasas determinado número de horas en el colegio, instituto o universidad, pero es evidente que el “tiempo libre” no es tan libre si realmente tu vocación es enseñar. Hay que preparar clases, adaptarlas, revisar, corregir, calificar, modificar, actualizarse… La enseñanza no termina cuando sales del salón.

Si trabajar los fines de semana o días festivos te molesta, entonces quizá lo mejor sea elegir un trabajo de oficina con horarios estrictamente definidos. Siempre he creído que estas profesiones —y otras similares— deben ser vocacionales. Si no estás dispuesto a ceder en temas de tiempo y compromisos, es preferible optar por otra labor. El problema es que muchos eligen estas carreras pensando en el salario, en las vacaciones o en tener más tiempo libre, y se estrellan cuando descubren que no es así.

Lo que sí debería preocuparnos más —a docentes y a la sociedad entera— es la creciente ola de violencia en su contra, producto de la falta de respeto de muchos estudiantes, e incluso, a veces, de algunos padres. Se olvidan de su responsabilidad, no educan en casa, permiten todo, y terminan amenazando, violentando e incluso asesinando a profesores por una mala nota. Hemos visto casos recientes en Estados Unidos y Europa, y no dudo que esta tendencia pueda llegar a Colombia.

Por eso, más allá de discutir cuántas horas se trabaja o si la responsabilidad termina al salir del salón, vale la pena detenerse a reflexionar. Para quienes sienten que preparar, calificar o planear fuera del aula es una carga injusta, quizá sea momento de mirarlo desde otra perspectiva: ese tiempo silencioso, que nadie ve, es el que realmente transforma las clases, construye aprendizajes y marca la diferencia entre “dar clase” y enseñar.

En mi caso, llegué a la docencia más tarde que la mayoría. Antes trabajaba en oficina, con horarios estrictos y definidos. Y sí: ser profesora implica muchas más horas de dedicación, ya sea en clase o en casa. Sin embargo, la ganancia emocional y mental lo vale. Me siento realizada haciendo esta labor, y para mí, eso es lo que se llama vocación.

Claro, todos tenemos derecho al descanso, a la familia y a la vida personal. Pero enseñar no es una tarea mecánica: es formar personas, abrir mundos, despertar curiosidad, sembrar valores. Quizás, si cada docente viera el impacto real de ese esfuerzo extra —aunque nadie lo aplauda, aunque no esté “en el horario”— comprendería que ese tiempo adicional no es una pérdida, sino parte esencial del arte de educar. 

Porque al final, la docencia no es solo un trabajo: es una huella. Y las huellas que transforman vidas no se construyen únicamente dentro del salón de clase, ni dentro de un reloj.



martes, 16 de septiembre de 2025

Crónica: El Elogio a la Flojera

Últimamente, no dejo de ver anuncios, publicaciones y discursos que repiten una misma idea: que trabajar es esclavitud moderna, que se trabaja demasiado para ganar muy poco, que la vida se nos escapa en un empleo que no nos deja vivir. Se multiplican los videos de gente que se queja de la rutina. Se condena el esfuerzo y, en cambio, se glorifica una vida fácil, libre de compromisos. Parece que estamos entrando en una era donde todo lo que suene a trabajo huele a castigo. 

No niego que muchas personas estén agotadas, mal pagadas o atrapadas en entornos laborales injustos. Eso es real. Pero hay una línea que cruzamos sin darnos cuenta: pasamos de reclamar mejores condiciones a despreciar directamente la idea misma del trabajo. Lo tratamos como un enemigo, como una forma de opresión en lugar de una oportunidad de crecimiento o realización. 

Foto cortesía de Karelia Blum, en pexels.com. Texto añadido por Caroline Mervaille
A veces me pregunto: ¿en qué momento trabajar se convirtió en motivo de vergüenza? 

Yo, por ejemplo, trabajo los fines de semana. También estudio. Y lo hago porque quiero, porque me gusta, porque encuentro sentido en ello. Sin embargo, más de una vez me han mirado con lástima o me han preguntado si me estoy “autoexplotando”. Como si el simple hecho de querer aprovechar el tiempo fuera una forma de castigo autoinfligido. Como si disfrutar lo que uno hace anulara el derecho al descanso o lo convirtiera en un mártir del sistema. 

Lo curioso es que, mientras se señala al que trabaja, se premia al que no hace nada. Hoy se aplaude más al que vive “relajado”, al que trabaja lo menos posible, al que dice haber “renunciado al sistema”. Y cuando alguien, a fuerza de constancia y dedicación, consigue algo —un ascenso, una casa, una mejora—, no tarda en aparecer el juicio: “tuvo suerte”, “seguro que no fue por mérito”, “algo raro hay ahí”. 

Pero no se queda ahí. A veces, incluso intentan aprovecharse de lo que uno ha logrado con esfuerzo, como si tuvieran derecho a beneficiarse sin haber puesto nada. Y cuando eso no sucede, cuando no consiguen sacar provecho, no faltan los que recurren a la difamación. Empiezan a circular rumores, frases malintencionadas, intentos de manchar la reputación de quien simplemente se dedicó a trabajar. Como si el éxito ajeno fuera una amenaza personal. 

Nos olvidamos de que el mundo no está diseñado para complacernos. Frustra, exige, pone a prueba. Y sí, uno se equivoca. Pero también aprende. Por eso, creo que es hora de dejar de romantizar la mediocridad, de dejar de celebrar el mínimo esfuerzo. El trabajo —cuando es elegido y digno— no es el enemigo. El enemigo es la resignación, el miedo a intentar, la costumbre de conformarse con menos. 

Trabajar no debería ser una vergüenza. A veces, es lo más valiente que se puede hacer.


¡Sus comentarios son más que bienvenidos!



Foto cortesía de Karelia Blum, en pexels.com. Texto añadido por Caroline Mervaille

martes, 26 de agosto de 2025

Crónica: El Ruido de la Envidia, el Silencio del Esfuerzo

Nos encanta juzgar desde la orilla. Vemos un auto de lujo y pensamos: "Debe haber nacido con suerte" o "Seguro lo consiguió de forma deshonesta". Vemos a alguien con un título universitario y asumimos que tuvo la vida fácil, sobre todo si viene de una costosa universidad, pues algunos pensarán que, si sus padres no hubieran pagado, no habría sido tan "sencillo". Rara vez nos detenemos a pensar en la historia detrás: los sacrificios, las horas de estudio o los negocios que fracasaron antes de que uno triunfara. Solo vemos la punta del iceberg, la fachada reluciente, y a partir de ahí, elaboramos nuestra propia historia.


Detrás de cada éxito hay una batalla. El que heredó una empresa familiar no la recibió gratis; posiblemente dedicó su juventud a mantenerla, trabajando los fines de semana y enfrentando la presión de no ser el eslabón débil de la cadena. El que construyó su propio camino, el "hecho a sí mismo", probablemente se desveló incontables noches, se perdió celebraciones familiares y tomó riesgos que lo dejaron al borde de la quiebra. El político que proviene de una familia adinerada o que lleva tiempo en la esfera pública tampoco lo tiene necesariamente fácil. Al contrario, desde el principio está bajo el escrutinio constante de la opinión pública, enfrentando críticas y una presión particular por su posición y las expectativas que genera su apellido o su trayectoria.

Foto de SIMON LEE en Unsplash
Sin embargo, hay quienes rechazan la idea misma del esfuerzo. Prefieren la queja y el resentimiento, esperando que las cosas les "caigan del cielo" o que el gobierno les resuelva la vida. Es una mentalidad pasiva que se arraiga, una especie de rencor silencioso que se vuelve tóxico. En lugar de inspirarse en el éxito ajeno, se sienten ofendidos. El logro de otra persona no es una meta a seguir, sino una afrenta personal.

Lo más grave es que esta visión se hereda. Los hijos de quienes cultivan este resentimiento crecen con la idea de que el mundo "les debe algo". Se les enseña a juzgar en lugar de a trabajar, a envidiar en lugar de a inspirarse. Es un ciclo que se repite, dejando a una nueva generación atrapada en la misma mentalidad.

Y de ese resentimiento nace la envidia más destructiva. No se queda solo en el pensamiento, sino que se manifiesta en actos: un comentario venenoso que busca herir, un rumor que intenta desacreditar, un obstáculo que pretende detener un sueño. A veces, estos ataques funcionan. Un comentario puede sembrar una duda, un sabotaje puede hacer que alguien renuncie. La persona que causó el daño, a menudo, sigue su camino tan feliz, sin medir la devastación que dejó a su paso.

Al final, la lucha es personal. El éxito es un camino solitario, y el mayor obstáculo no siempre está en las circunstancias externas, sino en la mentalidad. Tenemos la opción de construir o de destruir. De admirar o de envidiar. De trabajar o de esperar. Y, sobre todo, tenemos la responsabilidad de enseñar a la siguiente generación a hacer lo mismo.

Porque la verdadera riqueza no está en lo que se hereda, sino en la capacidad de construir y perseverar. Nadie sabe lo de nadie: lo que tuvo que luchar una persona para llegar a donde está, lo mal que lo pudo haber pasado. Y sí, algunas personas que nacen en familias acomodadas también pueden pasarlo mal por diferentes motivos. Muchas cosas se quedan de puertas para adentro. Ya sea un político, empresario, artista o deportista exitoso, más allá de la figura pública, debemos ver al ser humano: al hijo o hija, al padre o madre, al hermano o hermana, al amigo o amiga. No tenemos ni idea de lo que pasa dentro de su casa, no nos quedemos solo con la figura pública, la consideremos buena o mala, vayamos más allá.

Al igual que en las redes sociales, estas figuras públicas proyectan una cierta imagen hacia el exterior, acorde al cargo que desempeñan, pero eso no significa que sean así en la vida real. En más de una ocasión, hemos visto cómo actores que interpretaban papeles encantadores resultaron ser personas vanidosas y soberbias en el tú a tú, del mismo modo que se ha visto a políticos que parecían intransigentes en sus discursos ser personas muy amables y humildes en persona.


La empatía es uno de esos valores que se está perdiendo cada vez más, pues muchos se polarizan sin pensar más allá de lo que ven u oyen en los medios de comunicación o, peor aún, de lo que leen en redes sociales o escuchan de vecinos que fabricaron su propia verdad a partir de algo que ya estaba deformado.


¡Sus comentarios son más que bienvenidos!



martes, 12 de agosto de 2025

Ciudad Montes: Crónica de un Barrio que ve caer sus Casas y alzar Torres sin Alma

El lunes, el parque de Ciudad Montes parece otro lugar. No hay piñatas, ni carros con baúles abiertos sonando reguetón, ni humo de asadores improvisados. Solo unos niños en bicicleta, un par de ancianos jugando dominó, y yo, recién llegada de la costa pacífica, tratando de entender dónde había aterrizado después de casi dos años lejos de Bogotá.

Fue en ese parque donde decidí, desde el principio, hacer mis caminatas entre semana. Había visto lo que se armaba allí cada fin de semana: familias de toda la ciudad llegaban a celebrar cumpleaños, a descansar bajo la sombra de los árboles o a armar sus fiestas portátiles. Y aunque el bullicio tenía su encanto, yo buscaba otro ritmo.


Arrendé un apartaestudio a escasos metros del parque, en una calle que aún conserva algunos vestigios del pasado: una placa que recuerda que Antonio Nariño estuvo preso allí, casas bajas con patios escondidos y una vecindad donde aún se saluda con un “buenos días” al pasar. Llegué hace casi ocho años, extranjera y sola, con más preguntas que certezas.

Recuerdo bien las advertencias. “¿Vas al sur? ¿Estás loca? Allí te van a robar, violar, matar”. Me lo dijeron colombianos y también otros inmigrantes —o expats, como algunos prefieren llamarse, como si el origen diera caché a la experiencia migratoria. Pero no escuché. Quise hacerme mi propia opinión.

Y me quedé.

La Octava Sur, entonces, era una vía tranquila, con algunos restaurantes y bares frecuentados por vecinos que sacaban el carro el sábado para ir a almorzar en familia. Era una zona viva, pero no agitada. Luego, la estación de TransMilenio “Sena” cerró, y con ella comenzó un proceso que transformó el barrio: la construcción del metro prometía mejorar la movilidad, pero también abrió la puerta a la especulación y al reordenamiento urbano.

Las casas unifamiliares —muchas con jardines que contaban la historia de generaciones— fueron demolidas. En su lugar, se levantaron edificios de cemento y vidrio, impersonales, con locales comerciales que se repiten: restaurantes que prometen experiencias “únicas”, pero sirven lo mismo de siempre, a precios inaccesibles para la clase media que aún habita aquí.

Las constructoras avanzan, “convenciendo” a las pocas familias que quedan de vender su casa de uno o dos pisos, para construir sobre ella torres sin balcones, sin aire, sin alma. Y pienso: ¿no aprendimos nada del encierro de 2020? En esos meses de pandemia, todos anhelábamos un rincón al aire libre, una ventana por donde entrara el sol. Muchos se hicieron con un perro solo para tener una excusa legal para salir. Cinco años después, seguimos construyendo como si la vida ocurriera solo adentro.


Me adapté al barrio. Lo recorrí, lo entendí, lo quiero. Hice amigos —y, al parecer, algún enemigo también—. Pero me inquieta esta fiebre constructora que parece no tener fin. ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué calidad de vida se puede esperar cuando vivir se reduce a habitar una caja sin balcón ni vista?

Amo Bogotá. Es de las pocas capitales que conozco donde aún hay tantos parques, zonas verdes, cerros que miran la ciudad desde arriba. Pero, ¿cuánto tiempo más podremos sostener esta cordura urbana si seguimos alejándonos del verde, del silencio, del aire puro?

Desde que llegué, han pasado muchas cosas. Algunos murieron. Hubo asesinatos que aún no se explican. Sicarios contratados por mentes oscuras con dinero suficiente como para matar sin ensuciarse las manos. También hubo casos ligados al narcotráfico. Incluso se habló de un secuestro hace unos años.

Y luego están los influencers. La mayoría, más interesados en las invitaciones gratuitas que en el criterio, reseñan restaurantes donde la comida no se puede ni terminar. El espectáculo se impone sobre la calidad.

Uno de mis mejores amigos también fue asesinado. No ocurrió en Ciudad Montes, sino en Medellín, donde hacía unas prácticas. Pero él vivía a dos cuadras de donde vivo yo. Su caso, como tantos otros, se tornó oscuro, turbio, sin justicia.

A veces vuelvo al parque un lunes cualquiera. No hay globos ni fiestas. Solo niños jugando entre árboles viejos que, por ahora, siguen en pie. Y me pregunto: ¿cuánto más resistirá este barrio? ¿Cuánto más resistiremos nosotros?


martes, 6 de mayo de 2025

Positividad tóxica y ego: la falsa felicidad como norma

Vivimos en una era de exposición constante, donde parecer felices vale más que serlo. Este texto no pretende agradar, sino invitar a cuestionar lo que hoy se da por hecho. 



Lo falso se celebra, lo genuino se esconde


Vivimos en una época en la que lo falso se celebra y lo genuino se desprecia. Las redes sociales no han hecho más que intensificar esta tendencia. Los reels de Instagram y los videos de TikTok nos muestran a personas aparentemente felices en todo momento, siempre sonrientes, siempre exitosas. Pero ¿qué tan real es esa felicidad perpetua? ¿Qué pretenden demostrar? ¿Y, más importante aún, a qué costo?

Por definición, nadie puede ser feliz las 24 horas del día, los 365 (o 366) días del año. Sin embargo, los mal llamados “influencers” se empeñan en mostrar una vida perfecta, sin dejar entrever jamás el lado oscuro de la realidad.


Felicidad comprada (o eso parece)

Vivimos rodeados de filtros, pestañas postizas, uñas acrílicas, ropa de marca —o imitaciones de esta—, comidas en restaurantes de lujo, viajes, actividades costosas… Todo para aparentar un estatus social que muchas veces no existe. Y, paradójicamente, quienes realmente tienen éxito y recursos económicos suelen ser mucho más discretos.

Este tipo de exposición constante da lugar a un mensaje implícito: que la felicidad se compra. Que basta con tener dinero, apariencia y reconocimiento para estar bien. Pero, cuando se apagan las cámaras y los filtros desaparecen, ¿son realmente felices estas personas? ¿O simplemente alimentan su ego, buscando aprobación constante?


La frustración detrás del filtro

Detrás de esos videos hay jóvenes y adultos que consumen ese contenido y creen que ese es el ideal a seguir. Pero muchos no pueden acceder a ese estilo de vida. Como consecuencia, surgen sentimientos de frustración, ansiedad, e incluso depresión. ¿Alguna vez han pensado estos “modelos de éxito” en el efecto que provocan en quienes no logran alcanzar esos estándares?


El culto al “yo y solo yo”

Estamos inmersos en una era de culto al "yo", y más aún, al "yo y solo yo", donde el reconocimiento personal importa más que cualquier otra cosa, sin importar el impacto en los demás. El éxito se mide en seguidores, likes y dinero, y la validación externa se vuelve adictiva.

Pero, ¿qué pasó con la felicidad sencilla? La de pasar un día en casa leyendo, cocinando una buena comida, viendo una película en familia, dando un paseo por el parque o simplemente disfrutando del silencio. ¿Hemos olvidado que el éxito también puede ser simple, auténtico y sin espectáculo?


Si no lo publicas, no exististe

Y en este culto al ego no pueden faltar las selfies: imágenes tomadas por y para uno mismo, donde cada instante —desde lo banal hasta lo íntimo— se convierte en contenido. Ya no se fotografía un paisaje, un momento especial o a otros; hoy todo gira en torno al propio rostro en primer plano. Es la confirmación visual de que uno estuvo allí, de que uno es, de que uno importa. Antes, se tomaban fotos para el recuerdo, se imprimían y se guardaban en casa, en álbumes que nos devolvían a momentos felices cuando las mirábamos. Hoy, en cambio, las imágenes se toman no para atesorar, sino para mostrar. Si no lo publicas, no exististe. La cámara ya no observa el mundo: observa al sujeto una y otra vez, repitiendo el mensaje de que la vida solo es válida si está documentada… y validada por los demás.


¿Todos necesitamos un "coach"?

Además, vivimos una época en la que parece obligatorio tener un “coach” de vida. Y no solo eso: muchos de estos autoproclamados guías emocionales utilizan términos en inglés para parecer más relevantes o sofisticados. ¿Pero quién certifica su capacidad para orientar a otros? ¿No será que, en algunos casos, están en peores condiciones emocionales que quienes los escuchan?


El derecho a sentir todo

Lo más preocupante es esta especie de prohibición emocional que se ha instalado. Parece que ya no se nos permite estar tristes, enojados, frustrados o tener un mal día. ¿Por qué no podemos vivir el duelo a nuestra manera? ¿Por qué no se respeta el tiempo que cada persona necesita para atravesar sus emociones?

La tristeza, la rabia, la angustia… son también emociones legítimas, humanas, necesarias para el crecimiento. Sentirlas no nos hace más débiles; nos hace reales.


Conclusión

Sé que todo esto no le va a gustar a muchos. A quienes viven pendientes de mostrar una vida perfecta, a los que necesitan la aprobación constante, a los que han convertido las redes en un escaparate de sí mismos.

Solo es una reflexión y no pretendo convencer a nadie, pero tal vez ha llegado el momento de dejar de buscar respuestas afuera y empezar a escucharnos. De dejar de pretender y empezar a sentir. De convertirnos en nuestros propios guías —o instructores, si preferimos usar una palabra más clara—, porque al final, nadie puede enseñarnos más que nosotros mismos.


sábado, 15 de marzo de 2025

A Briansohn Andrew Herrera Nieto

Te fuiste un once de marzo, sin un adiós marcado en el calendario, 

Justo cuando las nubes oscuras empezaban a disiparse. 

Soltaste amarras de este mundo, sin ninguna explicación, 

¿Qué laberinto de pensamientos habitaba tu alma?


Siempre te sentí como un hermano pequeño, 

Aunque la rutina diaria nos distanciara el hablar, 

Sabíamos que no importaban las circunstancias 

El otro siempre iba a estar. 

Te marchaste sin llamada, sin carta que explicara tu partida.


Seis años de amistad florecieron desde aquella floristería ,

Juntos enfrentamos la sombra de la pandemia y el confinamiento, 

Cuando nos reuníamos para jugar parqués, Monopoly, o cartas,

Con tu hermano, tus primos y amigos, y no podíamos dejar de reírnos. 


Te veías tan pleno cuidando tus lechugas, brotando esperanza, 

Aún resuena tu risa traviesa, borrando cualquier remembranza 

De este presente sin ti.

Y ahora entiendo, con dolor punzante, 

Que las únicas fotos tuyas viven en mi mente, constantes.


Partiste hacia el encuentro con tus padres,

Dejando tras de ti un eco profundo, un vacío en nuestro suelo.

Descansa en paz, Amigo entrañable, aunque la herida palpita, 

Me dejaste un hueco inmenso, en lo más hondo del alma. 


Vuelven a mí los instantes bellos, la amistad sin dobleces ni final, 

Tu risa persiste en mi memoria, un eco sentimental. 

Oigo tu voz llamándome Karito, como siempre hacías, 

Y sé que, si en esta no puede ser, en la otra vida, más allá del umbral, 

Todo tendrá su luz y me explicarás lo que pasó.


Te quiero, Amigo del alma, y este sentimiento jamás se extinguirá. 



miércoles, 27 de marzo de 2024

Amar siempre

En esta fecha especial para mí, quiero compartir este poema



Amar siempre

Amar tanto a alguien que casi duela, 
Que sientas paz y serenidad a su lado, 
Y cada partida sea un pinchazo por dentro, 
Que sus palabras, por mínimas, transformen 
Tu día entero, de la cima al abismo. 

Preocuparte por su bienestar en cada latido, 
Mantener su imagen en cada instante, aún en el ajetreo. 
Estar dispuesta a todo por él, 
Aun cuando otros te piden ser más egoísta. 
No desfallecer nunca, aun en los momentos más oscuros, 
Amar auténticamente, amar sin fin.








jueves, 25 de enero de 2024

Incendios en Colombia

Si hace casi 5 años escribía lo que sentía sobre el incendio que casi destruye la iglesia más famosa de París, en esta ocasión es mi hogar quien es preso de las llamas. Y sí, tal vez algunos se molesten al leer eso, pero siento Colombia -y Bogotá- como mi hogar, y ahora mismo se está quemando. Sí bien es cierto que estamos viviendo unas semanas de sequía y calor, detrás de esta desgracia está la mano del ser humano, bien porque haya sido tan desconsiderado por haber dejado basura en zonas forestales, las cuales provocaron los incendios debido a los rayos solares, bien porque -aún peor si cabe- haya encendido él mismo los fuegos. 

Aparte de la inmensa columna de humo que se eleva en los cielos, también veo las imágenes de otras zonas del país donde está pasando lo mismo y no puedo sentir más que impotencia y rabia cuando descubro fotos de cementerios de frailejones, árboles y arbustos, sin hablar de la fauna silvestre intentando escapar de las llamas y del calor abrasante que la rodea.

Se dice que la especie humana es la más inteligente, pero ¿realmente será así? Porque lo único que se está comprobando es que se está autodestruyendo, pero lo peor es que se está llevando todo a su paso.

Les dejo un par de fotos de estos bellos seres que están siendo pasto de las llamas.


 


Se trate de quien se trate, se moleste quien se moleste, quienes provoquen este tipo de destrucción tendrían que ser considerados criminales, pues atentan contra la vida de muchas especies.


viernes, 29 de diciembre de 2023

Retrospectiva y Prospectiva 2024 / Retrospective and Prospective 2024

Veamos lo que sucedió en 2023 y lo que debería continuar en 2024 (lo que puede decirse públicamente y nada realmente personal). 

No hablaré de propósitos, ya que tomo decisiones a lo largo del año y, desde los 18 años, he decidido no hacer propósitos de Año Nuevo, ya que sabemos que la mayoría de ellos no se cumplirán. Sin embargo, hace unos meses, decidí ponerme a ahorrar de forma más ordenada para dos propósitos que tengo: uno se llama viajes y el otro es publicación de libros. Este último se alimenta con el dinero que obtengo de las clases privadas que imparto, así que quiero agradecer a las personas que confían en mí y siguen siendo mis estudiantes. ¡Gracias! ¡Están contribuyendo a hacer realidad uno de mis sueños! Y a las demás personas que ayudan simplemente porque quieren, ¡gracias también! 

En cuanto a los viajes, bueno, nada realmente nuevo en 2023, pero estoy feliz de haber vuelto varias veces al Desierto de la Tatacoa, uno de mis lugares favoritos, de haber visto el eclipse allí, y de haber visitado otros lugares cerca de Bogotá, aparte de haber regresado a Boyacá también. Con suerte, este año podré finalmente viajar a algunos lugares que he querido visitar durante varios años, pero veremos qué sucede. 


Algo de lo que estoy realmente feliz es que una de mis bandas favoritas vino a Colombia y obviamente no iba a perderme su concierto. The Rasmus, ni siquiera pueden imaginar cuánto lo disfruté. Ir a conciertos cada dos meses más o menos es algo que realmente echo de menos de hecho. Pero cuando bandas como The Rasmus vienen, todo vale la pena. Para el próximo año, hay muchos conciertos a los que me gustaría ir, obviamente, pero Maneskin ha prometido volver y esta vez realmente "tendré que" ir. 

Varios proyectos, tanto laborales como personales, también rondan mi cabeza, pero como siempre digo: a veces no todo depende solo de la voluntad de uno, así que veré lo que puedo hacer y quizás ponga en espera algunos de ellos. 

Y no me iré sin darles las gracias a ASW y a Tegua Travel por confiar en mi, y a todos los que demostraron estar allí en mis momentos más flacos y débiles.

Eso es todo por ahora. ¡Espero que todos ustedes, lectores, tengan un maravilloso 2024!





Let's take a look at what unfolded in 2023 and what lies ahead in 2024—keeping it public and non-personal. 

I won't delve into resolutions, as decisions evolve throughout the year. Since I turned 18, I've abstained from making New Year's resolutions, knowing well that most of them remain unfulfilled. However, a few months back, I decided to save money for two purposes: one for trips and the other for book publishing. The latter is fueled by the earnings from the private classes I teach. To my students, a heartfelt thank you! Your trust is contributing to realizing one of my dreams. And to those who lend support voluntarily, thank you as well! 

As for trips, well, nothing particularly groundbreaking in 2023, but I'm happy to have returned several times to the Tatacoa Desert, one of my favorite places, to have seen the eclipse there, and to have explored other locales near Bogotá, and having gone back to Boyacá, too. Hopefully, this year will allow me to finally travel to places I've yearned to visit for several years, but time will tell. 


Another highlight was the visit of one of my favorite bands to Colombia—The Rasmus. Attending their concert was an absolute joy. I miss going to concerts every two months or so; however, when bands like The Rasmus perform, every moment is worthwhile. For the upcoming year, there are many concerts I'd like to attend, but Maneskin has promised a return, and this time, I feel compelled to be there. 


Various projects, both work-related and personal, are swirling in my mind. As I always say, not everything depends solely on one's will, so I'll assess what I can pursue and may temporarily put some on hold. 

And I won't leave without thanking ASW and Tegua Travel for trusting in me, and to all those who showed to be there during my weakest and most vulnerable moments.

That's it for now. Wishing all you readers a fantastic 2024!






martes, 14 de noviembre de 2023

Recuerdos de infancia

Decenas de recuerdos se agolparon en su cabeza: sus caídas en el césped mientras corría, las fogatas cerca de los pinos con los primos y los tíos, donde dejaban que las llamas derritieran las barras de chocolate introducidas en bananos, el cantar de los grillos en el suave calor de las noches de agosto, el apacible silencio del campo mientras leía sus cómics favoritos en la terraza. 

Esos eran los recuerdos buenos, los únicos con los que decidió quedarse.



martes, 31 de octubre de 2023

A Michael, mi modelo - To Michael, my role model

Este año, a diferencia de otros, no escribí nada el 1 de julio, pero en este 31 de octubre, sí quiero hacerlo.

Hoy habrías cumplido 87 años. Te encantaba el día de tu cumpleaños porque adorabas hacer bromas y Halloween era la excusa perfecta. Aún a día de hoy, después de haberlas visto en algunos casos más de 20 veces, sigo viendo tus películas y series, a través de las cuales mostrabas personas con sus virtudes y sus fallos, reales y humanas, y donde la moraleja siempre era la bondad y el amor. Ojalá más personas tomaran esos ejemplos.

Aunque sé que allí solo descansan tus restos, espero algún día poder volver a Culver City. Ya pasaron 12 años desde que fui la última vez.

Por siempre mi Michael, mi Eugene, mi modelo a seguir.




This year, unlike others, I didn't write anything on July 1st, but on this October 31st, I want to do so.

Today, you would have turned 87. You loved your birthday because you adored playing pranks, and Halloween was the perfect occasion. Even to this day, after having watched them in some cases more than 20 times, I still watch your movies and series, through which you portrayed people with their virtues and flaws, real and human, and where the moral was always kindness and love. I wish more people would follow those examples.

Although I know only your remains rest there, I hope to return to Culver City someday. It's been 12 years since I was there last.

Forever my Michael, my Eugene, my role model.


martes, 29 de agosto de 2023

La sutil línea entre amor propio y egolatría

Es muy probable que esta publicación no les guste a muchos. Sin embargo, lo único que pretende es llevar a reflexionar sobre algunas acciones y sus consecuencias, sin dar lecciones, pues cada uno  es libre de hacer lo que quiere (aunque incluso desgraciadamente a veces dañe a otros); pero muchos luego se quejan o victimizan de las consecuencias de sus acciones y es en ese momento cuando se vuelve paradójico.

El uso de las numerosas redes sociales nos ha puesto en el ojo de todos. Hoy en día, no resulta tan difícil para algunos convertirse en gente "famosa" o "reconocida", así sea por estar haciendo el idiota en algún vídeo. En paralelo, las mismas redes sociales han conseguido hacer llegar mensajes muy significativos e importantes a casi cualquier tipo de persona, sea cual sea su clase y condición, entre dichos mensajes, comunicaciones sobre la importancia del amor propio

Sin embargo, y como ocurre en múltiples ocasiones, esta valiosa nota ha sido tergiversada por algunas personas a su antojo para adaptarse a lo que quieren, y seguramente deseaban en el fondo desde hacía mucho tiempo. La única diferencia es que ahora creen que esos mensajes deformados de amor propio las respaldan y les dan una buena coartada. 

Pero definamos primero el amor propio: se trata de la aceptación de los sentimientos que uno tiene por sí mismo, hacia su físico, carácter, inteligencia, personalidad, actitud y compartimiento, con lo cual una alta autoestima es un componente primordial en la vida de una persona para que se sienta bien psicológicamente y emocionalmente.

Sin embargo, hace un tiempo ya, hemos podido apreciar cómo algunas convirtieron este amor propio en egolatría, es decir en la búsqueda de admiradores y aduladores, intentando ser el centro de atención... para muchas de ellas, única y exclusivamente por su físico, o mejor dicho por una apariencia distorsionada llena de los filtros que ofrecen las redes... aunque eso, a largo plazo y si bien no se den cuenta todavía, suela causarles más frustración, y en algunos casos incluso depresión, cuando el reconocimiento no es el que esperaban en un principio.

Ejemplificando, dudo ser la única en ver en TikTok o Instagram personas que solo suben selfies o vídeos, en las cuales no solo están vestidas de una forma que no pone en duda los escasos valores que tienen, sino que se graban por ejemplo en el gym enfocando sus posaderas. Entonces pregunto: ¿para qué si no es para atraer comentarios imprudentes de personas superficiales que solo se fijan en una cosa? Y lo más "gracioso" es que cuando -por lo general hombres- comentan de manera impúdica esas mismas publicaciones, las -por lo general- mujeres se quejan de que los hombres no las respetan o que no se puede confiar en ellos. Y entonces la pregunta ahora es: ¿acaso se respetan ellas a sí mismas? ¿Cuáles son sus valores?  ¿Qué tipo de hombres o personas quieren atraer con estas fotos o vídeos? 

Y ¿qué decir de cuando se autoproclaman "la otra" o "la amante" en sus publicaciones?, sintiéndose orgullosas de ello, afectando la vida de otra mujer mientras se sienten empoderadas o se llaman a sí mismas feministas, reitero la pregunta: ¿dónde quedaron los valores? ¿Dónde quedó el respeto a sí mismas y a las demás? Eso también aplica a hombres, sino que lo vi más en mujeres.

Y sí, yo también subo a veces fotos y vídeos donde se me ve, pero existe una gran diferencia entre hacerlo de vez en cuando y hacerlo (casi) a diario, convirtiendo esta necesidad de reconocimiento en adicción. 


No suelo publicar este tipo de mensajes, pero últimamente he sabido de personas cercanas afectadas muy seriamente por lo comentado anteriormente. Por eso, ésta solo es una invitación a reflexionar sobre lo que realmente cada uno desea atraer y lo que atraerá en verdad cuando publique sus fotos y vídeos. 

A las personas que lo hicieron, gracias por leer. 



martes, 11 de julio de 2023

Gracias / Thanks

A través de esta publicación, me gustaría darles las gracias a, ante todo, el amor de mi vida, quien se preocupó y me cuidó pacientemente durante estas más de 3 semanas, sobre todo en los diez primeros días durante los cuales no podía hacer casi nada. 

También me gustaría agradecer a mis padres, mi hermana, y las demás personas que también preguntaron por mi estado de salud a través de mensajes y llamadas. Sinceramente, no pensaba recibir tantas muestras de cariño, y les agradezco mucho.

Este tiempo me ha obligado a tomarme las cosas con más calma y a reflexionar sobre lo que más importa. Espero muy pronto regresar con buenas noticias en cuanto a proyectos.

¡De nuevo, muchas gracias a todos!

Through this post, I would like to thank, first of all, the love of my life, who took care of me patiently for these more than 3 weeks, above all for the first ten days when I couldn't do quite anything. 

I would also like to thank my parents, my sister, and all the other people who also asked about my health condition through messages and calls. Honestly, I didn't think I would receive so many tokens of affection, and I thank you very much.

This time has forced me to take things easier, and to think about what the most important is. I hope to come back very soon with good news concerning projects.

Thank you again!


miércoles, 31 de mayo de 2023

The Rasmus en Bogotá, Colombia / The Rasmus in Bogota, Colombia

¡Y volvemos a sentirlo! Después de 18 años para ellos sin pisar Colombia, y después de más de 10 años para mi sin verlos en el escenario, se remedió.

And we felt it again! After 18 years without them coming to Colombia, and after more than 10 years without me seeing them on stage, it was solved.

Ante todo, agradecer a Marta quien me avisó antes de que me diera cuenta de que iban a venir... es que era The Rasmus... no podía faltar, ¡yo no!

First and foremost, I would like to thank Marta, who told me before I realized that they were going to come... and it was The Rasmus... I couldn't miss it!

El 25 de marzo, compré las entradas, las cuales estuvieron en la mesa, guardadas como oro en paño... y finalmente llegó el día: el 14 de mayo.

On March 25th, I bought the tickets, which were on the table, as a treasure on which my life depended... and finally, the day arrived: May, 14th.

Llegamos al Royal Center, donde se presentaban, a eso de las 7:30 y conseguimos estar cerca del escenario. Empezaron a las 08:30 en punto, tal y como estaba previsto, y en ese mismo momento, volví a sentir esa emoción y esa sensación de alegría extrema que me produce el ver a esta banda finlandesa.

We arrived to Royal Center at 07:30 pm, where the show would begin and we could be near the stage. They began at 08:30 sharp as planned and, at that precise moment, I felt again that emotion and that sensation of extreme happiness that seeing this band causes me.

Es que son muchos los recuerdos: cuando les descubrí, en un concierto organizado por Chupa Chups en Barcelona, España. En aquellos entonces, conocía algunas de sus canciones pero desconocía el nombre del grupo. En ese momento, me interesé por ellos y el resto es historia. Compré todos los discos y he de decir que desde "Dead Letters", me es imposible decir qué canción me gusta más: ¡no tienen ni una canción que no me guste!

The memories are many: when I discovered who they were in a concert organized by Chupa Chups in Barcelona, Spain. At that moment, I knew a few of their songs but I didn't know the name of the group. It's when I began to feel interested by who they were, and the rest is history. I bought all the CDs and I have to say that since "Dead Letters", it is impossible for me to decide which song I like the most: there isn't any I don't like!

Luego, en el 2009, los vi en la Razzmatazz de Barcelona... y allí, después de gozar el concierto a tope, nos quedamos con amigas un momento en la salida y salieron a saludar los pocos fans que quedaban entonces. Y, después de traducir lo que otros fans querían hacerles saber, llegó el momento de la foto... El mismo año, viajé hasta Gijón, España para verles allí también.

Then, in 2009, I saw them in the Razzmatazz hall in Barcelona... and there, after enjoying the concert to the most, we stayed with friends at the exit, and the band came to greet the few fans who were still there. And, after translating what other fans wanted to tell them, the moment of the photo arrived... That same year, I travelled to Gijón, Spain, to see them again.

Unos años más tarde,  en 2012, en la sala Salamandra de Barcelona, de nuevo los vi, y a la salida fue cuando Lauri firmó la foto que habíamos tomado unos años antes (y tomamos otra).

A few years later, in 2012, in the Salamandra hall in Barcelona, I saw them again and, at the exit, Lauri signed the photo we had taken a few years earlier (and we took another one).


¿Qué decir de este concierto de Bogotá? Estoy sin palabras, sencillamente, la sensación es indescriptiblemente excepcional. Espero poder volver a vivirlo muy pronto, y ojalá exista la opción de tener un Meet and Greet en la próxima ocasión. Adoro sus canciones, su música, sus acordes, su show, su sencillez, su buena vibra, ¡todo!

¡Amo The Rasmus!

What can I say about this concert in Bogota? I am speechless, the sensation is indescribably and simply outstanding. I hope I can live that again very soon, and hopefully the option of getting a Meet and Greet in the next concert arises. I love their songs, their music, their chords, their show, their simplicity, their good vibes, everything!

I love The Rasmus!


Gracias a Edgar por acompañarme, por las fotos, los vídeos, la camiseta, el setlist que me consiguió al final del concierto ¡y por aguantar mi locura!

Thanks to Edgar for going with me, for the photos, the videos, the tee-shirt, the setlist he could get at the end of the concert, and thank you for standing my frenzy and craziness!