martes, 4 de noviembre de 2025

Docencia (y otras profesiones): el contrato pone horas; la vocación pone alma

Recientemente vi en redes sociales un mensaje que me llamó la atención y decía así: 

Docentes: su tiempo libre no pertenece a la institución. No respondan mensajes fuera del horario laboral ni trabajen sin remuneración los fines de semana. Su vida personal y su familia también merecen respeto.


Cuando uno elige una profesión, antes de dedicarse a ella, tiene que entender muy bien lo que conlleva. Tomo mi propio ejemplo: de pequeña, como muchos saben, mi deseo era trabajar en el ejército o en la policía. Sabía muy bien, desde que tenía 10 años, lo que eso implicaría: ir a donde me enviaran, trabajar fines de semana, días festivos o de noche, y posiblemente tener que dejar a la familia a un lado en muchos momentos. 

Quien estudia para ser médico, cirujano, enfermero o veterinario también entiende que muy seguramente le pasará lo mismo: hay urgencias, emergencias, horarios extendidos y la posibilidad de que te llamen en cualquier momento para atender lo que esté pasando.

La docencia, sin llegar a ese extremo, tiene algo en común: según la institución, pasas determinado número de horas en el colegio, instituto o universidad, pero es evidente que el “tiempo libre” no es tan libre si realmente tu vocación es enseñar. Hay que preparar clases, adaptarlas, revisar, corregir, calificar, modificar, actualizarse… La enseñanza no termina cuando sales del salón.

Si trabajar los fines de semana o días festivos te molesta, entonces quizá lo mejor sea elegir un trabajo de oficina con horarios estrictamente definidos. Siempre he creído que estas profesiones —y otras similares— deben ser vocacionales. Si no estás dispuesto a ceder en temas de tiempo y compromisos, es preferible optar por otra labor. El problema es que muchos eligen estas carreras pensando en el salario, en las vacaciones o en tener más tiempo libre, y se estrellan cuando descubren que no es así.

Lo que sí debería preocuparnos más —a docentes y a la sociedad entera— es la creciente ola de violencia en su contra, producto de la falta de respeto de muchos estudiantes, e incluso, a veces, de algunos padres. Se olvidan de su responsabilidad, no educan en casa, permiten todo, y terminan amenazando, violentando e incluso asesinando a profesores por una mala nota. Hemos visto casos recientes en Estados Unidos y Europa, y no dudo que esta tendencia pueda llegar a Colombia.

Por eso, más allá de discutir cuántas horas se trabaja o si la responsabilidad termina al salir del salón, vale la pena detenerse a reflexionar. Para quienes sienten que preparar, calificar o planear fuera del aula es una carga injusta, quizá sea momento de mirarlo desde otra perspectiva: ese tiempo silencioso, que nadie ve, es el que realmente transforma las clases, construye aprendizajes y marca la diferencia entre “dar clase” y enseñar.

En mi caso, llegué a la docencia más tarde que la mayoría. Antes trabajaba en oficina, con horarios estrictos y definidos. Y sí: ser profesora implica muchas más horas de dedicación, ya sea en clase o en casa. Sin embargo, la ganancia emocional y mental lo vale. Me siento realizada haciendo esta labor, y para mí, eso es lo que se llama vocación.

Claro, todos tenemos derecho al descanso, a la familia y a la vida personal. Pero enseñar no es una tarea mecánica: es formar personas, abrir mundos, despertar curiosidad, sembrar valores. Quizás, si cada docente viera el impacto real de ese esfuerzo extra —aunque nadie lo aplauda, aunque no esté “en el horario”— comprendería que ese tiempo adicional no es una pérdida, sino parte esencial del arte de educar. 

Porque al final, la docencia no es solo un trabajo: es una huella. Y las huellas que transforman vidas no se construyen únicamente dentro del salón de clase, ni dentro de un reloj.



1 comentario:

  1. Cuan identificado me siento con todo lo que aquí comparte, profesora.

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