Algunos deciden vivir en otro país para ahorrar, mandar dinero a sus familias, construir una casa en su tierra, pagar estudios, o simplemente buscar una estabilidad económica que en su país de origen parecía inalcanzable. Y todo eso es válido. Emigrar muchas veces nace de la necesidad, de la responsabilidad, del deseo profundo de ofrecer algo mejor a los que amamos.
Pero vivir en otro país no puede reducirse solo a trabajar, ahorrar y resistir. Porque cuando la vida se convierte únicamente en una meta financiera, el corazón se queda suspendido en el pasado. Se vive contando los días, comparando precios, diciendo “allá era mejor”, soñando con el regreso… y sin darse cuenta, pasan los años.
Emigrar no es solo cambiar de dirección en el mapa. Es cambiar la forma en que miramos el mundo. Es permitirnos pertenecer.
Porque si uno se la pasa comparando, el corazón nunca aterriza. Sigue allá, en las esquinas donde crecimos, en los amigos de siempre, en la comida de mamá. Y mientras tanto, el cuerpo está acá… sobreviviendo, pero no viviendo.
Aprender a amar este nuevo país no significa olvidar el tuyo.
Significa agradecer el presente.
Agradecer las oportunidades.
La gente buena que aparece en el camino.
El idioma que poco a poco vas entendiendo y hablando.
El frío que te enseña disciplina.
El calor que te recuerda que sigues vivo.
A veces el amor por esta tierra llega con los años.
Con el primer “thank you” o "gracias" que entiendes sin pensar.
Con el vecino que te ayuda sin conocerte.
Con ese primer logro que te hace sentir: sí, valió la pena venirme.
El que no aprende a amar el país al que emigró se queda atrapado en la nostalgia.
Pero el que lo ama, aunque sea poquito al principio, encuentra paz.
Y desde allí, las cosas empiezan a salir mejor.
No se trata de olvidar de dónde vienes.
Se trata de agradecer dónde estás.
Primero emigré a España, donde me quedé durante 16 años. Y no fue una decisión económica. No me fui buscando ganar más dinero. Me fui porque algo dentro de mí me decía que tenía que hacerlo.
Recuerdo que una profesora de francés y literatura me dijo:
—¿A quién se le ocurre irse a vivir a un país “menos desarrollado” que donde estás?
Como ella, muchos no lo entendieron. Pero yo seguí mi corazón. Y no me arrepentí.
¿Hubo momentos difíciles? Claro que sí.
¿Hubo dudas? También.
Pero hubo momentos hermosos.
Y otros tan complicados que hoy son anécdotas de las que me río hasta llorar.
Como aquella vez que en un restaurante pedí una “cucaracha” en lugar de una “cuchara”. Inolvidable. Para mí… y creo que para el mesero que me miró completamente asustado.
En España estaba la parte del idioma, algunos matices culturales distintos, pero tenía mi país relativamente cerca. Tal vez por eso me adapté con más facilidad.
Y 16 años después, la historia volvió a repetirse cuando decidí mudarme a Colombia.
Imagínense los comentarios:
—¿Colombia? ¡Pero si ese país es un peligro!
—¿Estás loca? ¿Dejar Europa para irte allá?
—¿Y la inseguridad?
—¿Y el narcotráfico?
—¿Y el sistema de salud?
—¿Qué necesidad tienes?
—Eso es retroceder, no avanzar.
—Seguro no aguantas ni un año.
—Con lo bien que estabas en España…
Y otros tantos que todos se pueden imaginar.
Comentarios que no siempre nacen de la maldad, sino del desconocimiento. De la imagen repetida durante años en películas y series.
Luego llegó algo que nadie esperaba: el confinamiento durante el COVID-19. Yo lo pasé en Colombia. Y también allí muchos me preguntaron por qué no volvía a Francia, o por lo menos a Europa.
Para mí, eso sí habría sido una rendición. Así que me quedé.
No siempre fue fácil. La soledad hace mella a veces. El encierro también. Hubo días largos, silencios pesados, incertidumbre. Pero afortunadamente en esa época tenía amigos en el barrio y nos reuníamos —cuando era posible— y pasábamos tardes enteras jugando cartas, Monopoly y otros juegos de mesa. Esos momentos sencillos sostuvieron mucho más de lo que imaginábamos.
No me arrepiento de haberme quedado en Colombia entonces. Sin duda fue uno de los países que mejor manejó la situación dentro de lo que estaba en sus manos.
Hubo otros momentos después, mucho más complicados. Crisis personales que me dieron ganas, en más de una ocasión, de abandonar todo.
Pero siempre existió algo que me mantuvo.
Un comentario oportuno en el momento oportuno.
Un sueño que no se apagaba.
Una pequeña señal.
Hubo momentos extremadamente difíciles. Tan difíciles que no consigo borrarlos de mi memoria aunque a veces me gustaría. Caí muy hondo.
Pero salí.
Y ¿saben qué? Aprendí. Y sigo aprendiendo.
Porque ahora puedo decir que, aunque algunas preocupaciones no desaparezcan del todo y otras aparecen, aprendí a valorar cada instante de calidad que tengo. Cada risa. Cada conversación sincera. Cada logro pequeño. Cada gesto de amistad, cada gesto de amor.
Y cuando digo eso, hay personas específicas en diferentes partes del mundo que no nombraré acá, pero que me vienen a la mente. Personas que estuvieron y están presentes en mi vida y en mi corazón, aun cuando haya kilómetros que nos separen. A esas personas, les tengo que dar las gracias, porque tienen mucho que ver con lo que soy hoy.
Quiero que eso sea lo que permanezca en mi memoria.
Que esos momentos luminosos sean los que derroten a los recuerdos que me gustaría poder eliminar.
Porque al final, emigrar no es solo cambiar de país.
Es aprender a amarlo, incluso cuando duele.
Nota final
Si están pensando en emigrar, recuerden que publiqué un libro con varios tips —una lista no exhaustiva— para evitar (o al menos suavizar) el choque cultural y prepararse mejor para esa transición. Se titula Navigating Culture Shock, y nace precisamente de todo lo que he vivido, aprendido y superado en estos años: toda la información aquí.

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