lunes, 20 de julio de 2026

Las tierras que me habitan

Hoy, 20 de julio, Colombia celebra su Día de la Independencia, y aunque todavía no tengo la nacionalidad colombiana —un sueño que espero poder cumplir pronto— siento que esta tierra ya ocupa un lugar inmenso en mi corazón. 

Con el tiempo, Colombia dejó de ser solamente el país donde vivo para convertirse en un lugar al que pertenezco de muchas maneras: en sus calles, sus paisajes, sus historias, sus sabores, sus luchas y, sobre todo, en las personas maravillosas que me han abierto las puertas. Muchos me dicen, incluso con una sonrisa, que parezco más colombiana que algunos que nacieron aquí. Tal vez porque he aprendido a querer esta tierra no desde la costumbre, sino desde la admiración, el respeto y el deseo de aportar a ella.

Pero sentirme colombiana no significa dejar de sentirme profundamente francesa. Francia es mi raíz. Es la tierra donde nací, donde están mis padres, mi hermana y una parte esencial de mi familia; es el lugar donde se encuentran mis primeros recuerdos, mi historia y una parte de quien soy.

Es también la tierra de los paisajes de mi infancia y mi adolescencia, de los lugares que construyeron mi memoria, de las referencias culturales que me acompañaron y que me siguen acompañando después de tantos años. Es el país que me transmitió una forma de mirar el mundo, que me inculcó valores, principios y una ética que todavía forman parte de mí. Allí aprendí muchas de las ideas que hoy guían mi manera de relacionarme con los demás, de cuestionar, de reflexionar y de intentar aportar algo positivo a mi alrededor.

Hace apenas seis días celebraba con orgullo el Día Nacional de Francia, una fecha que me conecta con esa parte de mí que siempre estará unida a mis raíces. Amo la riqueza de su cultura, su historia, sus ideas, su capacidad de crear, cuestionar y reinventarse. Pero amar un país también significa mirarlo con honestidad: reconocer sus grandezas, sus aportes al mundo, pero también sus contradicciones, sus heridas y los desafíos que, como cualquier nación, todavía tiene por delante.

Colombia, en cambio, es mi hogar actual. Es la tierra que me recibió, que me acogió y que sigue acogiéndome cada día. Es la tierra de mi familia elegida: de las personas que la vida puso en mi camino, de quienes me han abierto las puertas, de quienes me han acompañado y me han hecho sentir que pertenecer también puede construirse lejos del lugar donde uno nació.

Es la tierra de mi pareja, de la persona con quien hoy comparto mi camino, construyo nuevos recuerdos y proyecto nuevos sueños. Es la tierra donde estoy creando una nueva familia, no por los lazos de sangre, sino por esos vínculos que la vida nos permite elegir y que también nos dan sentido de pertenencia.

Es también la tierra de una gente profundamente solidaria, capaz de tender la mano, de abrir las puertas y de ayudar incluso cuando no siempre pensamos igual. Porque querer un país no significa creer que todo es perfecto. Colombia, como Francia y como cualquier nación, tiene sus luces y sus sombras, sus fortalezas y sus retos. Pero precisamente conocer esas realidades y aun así elegir querer, aportar y caminar junto a ella es una forma profunda de pertenencia.

Y en medio de estos dos mundos, hay también un pedacito de mi corazón que siempre tendrá acento español. España fue mi hogar durante 16 años, una etapa fundamental de mi vida que dejó huellas imborrables, recuerdos, amistades y una parte esencial de la persona que soy hoy.

Quizás mi historia no cabe en una sola bandera. Quizás mi hogar está hecho de varias tierras, varias lenguas y varias memorias.

Francia es una parte de mis raíces. España es una parte de mi camino. Colombia es una parte de mi presente, de mi hogar y de mi futuro.

Hoy celebro a Colombia con gratitud. Gracias por recibirme, por enseñarme, por permitirme sentir que una parte de mí también pertenece aquí.



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